La Rapsodia de las teclas

Sugerencia para acompañar el texto: http://www.youtube.com/watch?v=goeOUTRy2es

Debías vencer los miedos, vaciar la cabeza de tanta idea preconcebida, despojarte de todos y cada uno de los arquetipos que se habían adueñado de ti y simplemente hacer eso: golpear las teclas. Te pedí que desterrases la idea romántica del oficio, derivada de los rastros dejados por novelas y películas. Te pedí que volvieses a hacerlo, que no te rindieses. Que te dedicases a golpear las teclas, sin más.

—    ¿Quieres escribir? — te pregunté un día— Pues no esperes: ¡Hazlo ya, maldita sea!

Ese fue el conjuro para desbloquearte. A partir de ese momento, volví a verte escribiendo como hacía mucho. Como antes de que dejases de creer que podías. Se te envenenó la sangre de nuevo con el mismo bebedizo que un día me diste a probar.

Cuando me detenía a esperar la idea, a veces se negaba a dejarse ver, pero si comenzaba a escribir, le costaba más esquivarme. Así me lancé a ejecutar la Rapsodia de las teclas. Antes o después llegará la idea. Seducida, embrujada por la cadencia del golpeteo que la haría bailar. Se acercaría conjurada por el ritmo, como lo hacían las ratas de Hamelín.

Así estuvimos muchas veces: Bloqueados. Sí, tú y también yo. Tal vez cualquiera que desee hacer de esto su vida: atrapados y paralizados por el miedo a no decir, a que no surjan las ideas, a que no lleguen las palabras o a que, en el caso de surgir, no digan nada.

Tú y yo, dos locos con un mismo objetivo: Escribir. Intentar digerir poco a poco el veneno que tenemos dentro. Magos tirando de un pañuelo infinito. Un pañuelo con el que, una vez agarrado el extremo visible, poder hacer algo magnífico, sorprendente.

Solos, sin público. Sabemos que aún estamos aprendiendo. Que en esto siempre se está aprendiendo. Pero que poco importa que para algunos sea poco realista o lo consideren un mero entretenimiento carente de viabilidad. El mago necesita de público para dotar de sentido su magia; nosotros sabíamos que escribir no tenía sentido si nadie leía nuestras palabras.  Pero que al igual que el mago no puede dejar de practicar para mejorar la habilidad de sus manos, nosotros debíamos seguir escribiendo hasta lograr la maestría suficiente.

Pero si, llegado el momento, no se escucha el aplauso, no te rindas. Nada importa cuando estás haciendo lo que deseas hacer. Solo es cuestión de seguir trabajando.

Bastó el pensamiento fugaz de que la sequía permaneciese, de que nunca más tuviese nada que decir ni que contar, para que me lanzase de forma enfermiza a tejer con lo que tenía más a mano, con palabras antiguas, deshilachadas y raídas, esperando que, en algún momento, viniesen a encontrar su espacio las nuevas. Las que son capaces de provocar emociones, las que danzarían al ritmo de mis latidos dibujando las imágenes que de uno u otro modo quería compartir.

Tal vez tardarán en llegar, pero el tiempo no debería ser un problema, porque no quiero hacer otra cosa que escribir y las obligaré a venir, aunque sea de forma despiadada, aunque sea a golpes. A golpe de teclas.

Hablar en tiempos revueltos

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Vivimos tiempos convulsos. Toda la información que nos llega está manipulada, bien sea por falta de ética profesional —señores periodistas, no se olviden nunca de comprobar las fuentes—, por precipitación, por ignorancia o bien por oscuros intereses. Parece por tanto que lo más prudente sería cogerlo todo con pinzas antes de tuitear en arameo y que la carótida amenace con estallar si algo nos parece indignante y también antes de entonar Aleluyas precipitados ante aquellas “noticias” que nos hagan abrigar esperanzas en algún tema de nuestro interés.

Igual a mí se me ha ido un poco la mano buscando el punto de equilibrio —Ommmmmm…—  y deseando una vida más Slow, pero es que tengo la sensación de que todo va excesivamente rápido.

Todo el mundo parece ambicionar ser el primero en hacerse eco de cualquier noticia. El Twitter ha contribuido a esa sensación de inmediatez. La rapidez de propagación de la onda expansiva es prácticamente inmediata. Son décimas de segundo lo que tarda en repercutir un tuit impactante y sus consecuencias se producen a velocidad ultrasónica. A veces para bien y otras no tanto. Es posible incluso que puedan haber detrás oscuros intereses.

Una falsa noticia, casi seguro que no se crea porque sí, por simple aburrimiento. Tomaré como ejemplo el anuncio de un atentado en la Casa Blanca hace un par de días a través de una agencia de noticias que había sido hackeada:

Imagen

(http://xurl.es/yyx21)
La consecuencia más visible de esa falsa noticia fue la caída inmediata de la bolsa en Wall Street, que seguro que se tradujo en graves pérdidas económicas para unos y en obscenas ganancias para otros. En los dos minutos escasos en que tarda en detectarse un rumor y en desmentirlo puedes hacerte rico… Una práctica nada ética, es verdad, pero posible.

El caso es que el mundo funciona a la velocidad de la luz. Para mal, pero también para bien. Este mundo del 2.0 proporciona muchas herramientas y de la integridad de cada uno dependerá como se utilicen.

Las redes son fantásticas. Una magnífica  herramienta y un modo —impensable hace solo unos años— de conectarnos con la humanidad entera; de compartir inquietudes y pensamientos.

Hace ya bastante tiempo que llegó a mis manos un vídeo que me llenó de esperanzas.

Los oscuros intereses que pueda haber detrás de un caldeamiento de los ánimos entre personas o naciones, se me escapan. Igual soy algo rara, pero no concibo que la maldad pueda anidar con tanta fuerza en ningún ser humano como para anteponerse intereses económicos, políticos o personales en perjuicio de las vidas de otras personas. Lamentablemente, una parte de la humanidad, funciona así: Economía, armamento, competitividad…

Sin embargo, tengo buenas noticias: “Los malos”, cometieron un error. Han dejado también  al alcance de “los buenos” esa herramienta tan poderosa. Mi voz y la tuya también pueden hacerse oír si  tenemos algo que decir.
Dice un proverbio indio: Cuando hables, procura que tus palabras sean mejor que el silencio.  Pero, sin tener nada que objetar al respecto, yo añadiría: Pero si tus palabras pueden ayudar, no te calles, porque “(…)permitir una injusticia abre el camino de todas las demás” (Babel. Ignacio Ferrando)

Por si alguien aún no lo conoce, os dejo el vídeo que me hizo creer que otro mundo es posible si nos empeñamos en hacerlo posible

Imagen: http://xurl.es/e9c6x

No te en-redes

5 verderon-atrapado1-1024x768Hoy voy a ser políticamente incorrecta. Lo siento si molesto a alguien. De verdad que no es mi intención.

Lo primero que hago por la mañana, al encender el ordenador, es hacer un repaso rápido tanto en Facebook como en Twitter. A lo largo del día no es infrecuente que lo haga una par de veces más. Estoy al tanto de la gente que sigo y de mis amigos, pero muchas veces eso me consume más tiempo del que desearía.

Recuerdo que hace algún tiempo había gente que, por cortesía, le daba “Me gusta” a cualquier cosa que publicases en Facebook. Aunque solo dijeses: “Hoy haré macarrones”, ahí estaban ellos levantando el dedito. Y tú pensabas: ¡Pero si vives en Lérida y no te los vas a comer, atontaó!

Esa práctica se ha relajado por fin -Si le das, que sea de verdad ¿no crees?- Porque antes, si te descuidabas, cuando entrabas a tu perfil… ¡Leches, cuarenta y dos comentarios! Y pensabas: Voy a necesitar mil horas para contestarles a todos. Pero no… ¡Que no cunda el pánico! Con descartar todos los “Me gusta” de Julita, la cosa se quedaba mucho más manejable. No hablemos  de los que aún ponen “Me gusta” a lo que él mismo acaba de colgar… (Venga, reconócelo, ahora que no nos ven…Tú también piensas: ¡Pues claro que te gusta, chalado! Si no, ¿por qué ibas a ponerlo?)

En Twitter también hay protocolos: Para empezar el día, te saludan y saludas. Aquellos con los que te has saludado con el primer café,  lo hacen a su vez con otros que, por cortesía, —por aquello de no tengo ni puñetera idea de quién es este, pero si ellos lo hacen, habrá que saludarle— te incluyen en su saludo matinal. No saben nada de ti, ni quién eres, ni a que te dedicas; no se han tomado la molestia de pasarse un segundo por tu perfil, pero son un encanto y te saludan.

¡Bueno pues ya estamos todos saludadísimos! Intentemos trabajar un poco en serio.

Pero no, aún no ha acabado la cosa. Sigues revisando las novedades de aquellos a quienes sigues. Ahora viene aún la segunda parte. La del ego: Alguien tiene un nuevo post y lo comparte. Hay un silencio al respecto o solo un suave murmullo —un par de amigos, han hecho un retuit.

Puede ser que no haya interesado demasiado —reconócelo, hoy no estabas especialmente sembrado— otras, aunque es bueno, no ha tenido la repercusión que esperaba, así que a las pocas horas, el padre de la criatura, que no ha recibido trescientos retuits y ochenta comentarios, como en el anterior, vuelve a la carga.

¡Eh, chicos! —yo me lo imagino  agitando las manos y dando saltitos. Será que no me han visto –se dice. Así que vuelve  a compartir su nueva entrada del blog o ese tuit que puso por la mañana y le parecía tan ingenioso. No me engañes que tú también los has pensado. No es difícil encontrarse una y otra vez los mismos tuits, procedentes de la misma persona, recordando su presencia y esperando el premio de una tremenda repercusión. ¿Cuántas veces?

Un rollo, vamos. Sé que eso es habitual y que lo que digo puede molestar a alguien, pero, de verdad de la buena: ¿Es realmente necesario todo esto?

Si eso nos pasa a quienes no seguimos a la gente al tuntún, sino que son pocos y revisamos aunque sea brevemente, de que suele hablar antes de seguirle, para saber si nos interesa, no quiero imaginarme lo que será el Twitter de aquellos que siguen a veinticinco mil ¡Madre del amor hermoso! No hay horas en el día para leerles a todos y menos para enterarte de lo que han dicho.

Como no puedes verlo todo, le das a la ruedecita del ratón -como quien juega a la ruleta rusa- y te detienes en unos poquitos. Tus favoritos. Los que no suelen defraudarte. Y compartes cuando te gusta de verdad y si no, tampoco te sientes un traidor  (no deberías).

Si lo que has dicho interesaba, lo leerán quienes tengan que leerlo. Si no, no pasa nada… Deja de agitar los brazos. Seguro que alguien lo ha visto. Confía en el efecto mariposa. Y sí no, tampoco es tan grave, digo yo. Es verdad que tampoco soy profesional del medio y que más bien podría considerarme una turista de las redes, pero así es como yo lo veo.Imagen
Seguro que esto lo leen cuatro gatos y puede ser que, además, cabree a tres, pero no pienso hacerme el harakiri por ello. Yo lo he soltado y ya está. Si se queda atrapado un ratito en las redes, genial, y si no, ¡a otra cosa, butterfly! Lo que te puedo asegurar es que no en-redaré a nadie, poniéndolo yo misma hasta aburrir a las ovejas, ni daré saltitos por intentar hacerme visible.

Pero claro, lo que he dicho, solo es una opinión.

Imagen: http://xurl.es/l7xt7

No somos bipolares, somos creativos.

4 All you need is love

 

Dijeron que tu padre era bipolar. Nunca supiste muy bien lo que eso significaba, pero asumes que, tal vez, haya algo de eso en tu naturaleza, porque a veces te sientes pletórica y otras querrías deslizarte detrás de tus lágrimas.

Tampoco te preocupa en exceso ponerle nombre a eso. Lo que sí era tu padre era sensible. Mucho. Puede que a algunos le pareciera que en exceso. Incluso a él. Pero los psiquiatras prefieren ponerle nombres sonoros y a eso le llaman Trastorno afectivo bipolar.

Escribía. Escribía unos poemas preciosos. Tú también escribes… Y lo que escribes te sale del centro mismo de las emociones.

Sospechas que puede que hayas heredado algo de su bipolaridad, pero no te importa… Allá ellos si necesitan de etiquetas y nombres para las emociones.Tú prefieres quedarte con sentirlas y volcarlas en un papel…

Viajas por la vida como los búhos: con los ojos bien abiertos. Sabes que un día acabará este viaje, así que mientras dure quieres disfrutarlo.

No eres experta en nada, pero sí aprendiz de todo. Tu curiosidad es insaciable. Lees lo que dice Ángeles López, en su libro Trastorno afectivo bipolar:

“Los trastornos del estado de ánimo son más elevados en el caso de los escritores […] El estado de ánimo y la creatividad se transmiten genéticamente […]”

Así que concluyes que ni tu padre ni tú sois bipolares, que solo es que sois creativos. Tal vez algo más sensibles afectivamente, pero nada más ¡Que mira que complican las cosas los médicos!

A veces te sientes eufórica y otras tristísima, pero es normal. Tienes las ganas de vivir sin desgastar aún, ¡y las de ser feliz!, pero toda tu generación está pasando por un momento crítico.

Tenéis demasiadas preguntas sin respuestas. Demasiados ideales guardados en el fondo de un viejo baúl, cubierto de adhesivos, donde guardaste también la guitarra, los elepés de Dylan y Janis Joplin y los libros de Huxley y Kafka junto a los de poemas de Miguel Hernández, que finalmente casi agujerearon las polillas, como tu rebeldía.

Nada es lo que parece. Te sientes defraudada por el statu quo que os vendieron. Decepcionada con las historias de amores eternos de las que te hablaron; decepcionada con la supuesta democracia que creísteis la solución, el soplo de aire fresco y de honestidad que esperabais y que acabó por ser más de lo mismo.

Sabes que tenéis muchas más adherencias de las que imaginabais. En concreto, tú, que eres un poco hippie como tus ídolos de adolescencia, un poco mística, otro poco idealista y con cierto poso del puritanismo trasnochado que mamaste. Y unas alas muy cortas, que a estas alturas no sabes apenas volar. Esto último tal vez no es culpa de nadie, solo la consecuencia lógica de haberlas ejercitado poco.

Fuiste rebelde cuando tocaba, que para eso están la adolescencia y las dictaduras —solo lo justo, no te me vengas arriba, que eras solo una cría— aunque tal vez un poco más de lo que resultó cómodo a tus padres; pero es que por aquel entonces tenías muchas preguntas para las que encontrabas pocas respuestas.

Luego te serenaste. O te adaptaste. ¡Vete a saber! Puede que heredases también – no sé esta vez si por parte de madre o más bien de las profesoras que tuviste en el colegio- el sedimento dejado por lecturas, dudosamente recomendables, como La perfecta casada con las que adoctrinaron a las señoritas de bien de su generación.

En todo caso, si te trasmitieron algo de eso no las haces responsables, que bastante tuvieron las pobres con semejantes lecturas. Cuando lo piensas, crees que tú ni siquiera fuiste rebelde del todo; al menos, no de nacimiento, pero has decidido serlo antes de que sea tarde y aunque sea a deshora. Aunque algunas veces se te enreden las emociones y no tengas muy claro si es para echarse a reír o llorar.

Parece que psiquiatras y psicólogos se han puesto de acuerdo en ponernos etiquetas. A todos. El que esté libre de trastornos, que tire la primera piedra. Que no vas a ser tú quien diga que no tengan razón, que para eso han estudiado los entresijos de la mente; pero estás convencida de que es algo excesivo, porque, ¿quién decide los límites de la normalidad? Es más, ¿habrá alguien que consideren normal? Así que te echas a la espalda cualquier sospecha de bipolaridad mientras cantas All you need is love y te encoges de hombros, diciendo: ¿Y qué, si lo fuese? ¿Estás seguro de que tú no? ¡Será que tú no escribes!

Cosas que voy aprendiendo: Ubuntu.

¿Y si dejásemos de ver los problemas como catástrofes y los considerásemos como nuevas oportunidades, como retos para los que deberíamos buscar soluciones? Son estímulos para seguir creciendo, para superar tus límites, para salir de tu zona de confort. Nadie tiene todas las respuestas y quien así lo piense, me temo que está equivocado.

No me preguntéis porque yo también desconozco las soluciones para mis problemas. Solo sé que tengo capacidad para enfrentarlos y el firme deseo de buscarlas.

He aprendido que una familia, los amigos, las personas con las que nos relacionamos en cualquier ámbito, no debe entenderse nunca como un conjunto de compartimentos estancos  en donde cada uno es un ser completo en sí mismo. Nada ni nadie lo es en este universo en el que estamos. Todos y todo está interrelacionado.

Yo, no soy solo “yo”, sino también una parte minúscula de un “nosotros”. Soy lo que los demás perciben de mí, el resultado de las interacciones con todas y cada una de las personas que pasan por mi vida  y de las que permanecen en ella, soy también mi conciencia de ser, que no se mantiene inmutable en el tiempo, sino que evoluciona como resultado de lo que acontece, no solo en mí, sino también a mi alrededor. En realidad soy al tiempo un todo y una minúscula parte de un todo mayor. Un pequeño universo en un universo infinito.

Existe el “efecto mariposa”. Cada gesto que haces, cada palabra que pronuncias, tiene consecuencias imposibles de predecir. No dudes que afectará de algún modo a lo que otros hagan, piensen o sientan y a lo que suceda después. Si yo sonrío, otros acabarán por hacerlo. Si me enfado, mis sombras oscurecerán otras luces.

¿Has dado de comer alguna vez a un bebé? Es prácticamente inevitable abrir la boca cuando el lo hace. Somos seres empáticos en mayor o menor grado. Creemos que somos microcosmos, que nacemos completos en nuestra individualidad pero, en realidad, nadie lo es.

¿Soy acaso la misma persona a los tres años, a los treinta y a los ochenta? En esencia, seguramente sí, pero cada paso del camino recorrido, cada relación, cada vivencia, me van transformando de algún modo. Soy una incógnita incluso para mí misma. Pero también soy de mente curiosa y me motivan los retos; desentrañar misterios. Lo que pueda ocurrirme es uno de ellos. Como me afectará y quién llegaré a ser, uno aún mayor.

Lo que puedo hacer ahora es abrir bien los ojos, no dejar de observar, intentar no perder la capacidad de asombro, ni dejar de aprender. No voy a dejar de buscar los motivos para sonreír, ni a rendirme sin luchar, no solo en mis pequeñas batallas sino en las de todo aquel a quien puedan valerle mis limitadas fortalezas.

No, no somos compartimentos estancos y más nos vale comprenderlo, para actuar en consecuencia.

Hace algún tiempo leí una historia que me impresionó. Vivimos en la cultura del culto al ego, a la competitividad, pero en otras culturas tienen muchísimo más claro el concepto de lo que realmente somos. No sé si esta historia es real o no, pero eso es lo de menos.

Un antropólogo propuso un juego a los niños de una tribu africana. Puso una canasta llena de frutas cerca de un árbol y le dijo a los niños que aquel que llegara primero ganaría todas las frutas. Cuando dio la señal para que corrieran, todos los niños se tomaron de las manos y corrieron juntos, después se sentaron juntos a disfrutar del premio. Cuando él les preguntó por qué habían corrido así, si uno solo podía ganar todas las frutas, le respondieron: UBUNTU, ¿cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes? UBUNTU, en la cultura Xhosa significa: “Yo soy porque nosotros somos.”

http://wp.me/p3pc3N-1b

 

 

Honestidad vs triunfo

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¿Por qué hablo de esto? Lo explicaré: Fui a ver una película —en realidad un documental— llamado “Searching for Sugarman” y agradezco enormemente que me lo recomendasen. Seguro que me habría pasado desapercibida.

Habla de mucho más que de la historia de un músico desconocido: Habla de perseverancia, de dignidad extrema, pero también de mezquindad y de manipulación. Cuando empezaron a desfilar los títulos de crédito, estaba sin palabras y pegada al asiento intentando asimilar todo lo que acababa de ver.

Un día te das cuenta de que, no atreverse —tal vez por si no lo haces tan bien como te gustaría—, es solo el primer paso para autolimitarse. Puede que no te sientas seguro o que busques sentirte apoyado, pero ante la indiferencia de quienes te rodean, desistas pensando que no vale la pena recorrer un nuevo camino que, tal vez, no lleve a ninguna parte…

Eso te lleva a una mutilación que, en gran parte, te has hecho tú mismo.

Si haces algo, lo que sea, lo normal es tengas un propósito: Yo escribo. Por supuesto, me habría gustado una barbaridad que García Márquez no se me hubiese adelantado, escribiendo “Cien años de soledad” mientras yo andaba distraída saltando a la comba. O si eres músico es muy posible que quieras que los que escuchen tu música vibren con cada una de tus notas. Es  lógico. Si eres ama de casa, sueñas con que se les salten las lágrimas a tu familia cuando prueben tu pastel de chocolate. Da igual quién seas y lo que hagas. Cuando hacemos algo en lo que ponemos pasión nos agrada el reconocimiento, pero piénsalo: ¿De verdad es eso tan importante? ¿No te estás limitando si lo haces “solo” esperando resultados? Veréis, honestidad y triunfo son dos conceptos que, solo a veces, se rozan.

La película que he mencionado va en parte de eso. Un hombre que hizo un trabajo honesto del que desconocía el resultado. O mejor dicho, estaba convencido de que era nulo. Sixto Rodriguez, un músico del que nunca se había oído hablar en su país —los Estados Unidos— pero que sin embargo triunfó en Sudáfrica, siendo el ídolo de toda una generación, sin tener ni la más remota idea de ello.

Es una paradoja que debería sacudirnos los miedos: Si quieres hacer algo, empieza ahora. Si tienes un sueño, ve a por él. No te acomodes ni te rindas. Lucha lo mejor que puedas y sepas. Hazlo con absoluta honestidad. No te guíes por los resultados. No siempre se acierta o llega el reconocimiento, pero eso no debería ser excusa para no hacerlo, ¿no crees?


Creciendo hacia afuera

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No tengo ni idea de por qué otros se animan a empezar un blog. Tampoco sé por qué he pensado en hacerlo yo, aunque algunos amigos de dudosa cordura me hayan animado a ello. Ni siquiera está claro cuál es el propósito de este rincón ni de qué hablaré, pero el hecho de que yo escriba no hace daño a nadie. O eso espero.

A los que les entren ganas de estrangularme, por favor, no se me amontonen. Se me van colocando a la derecha y en fila de a uno.

Empiezo a creer en las señales. Es más, puede que esté empezando a saber interpretarlas. (Sé lo que estás pensando: Ya estamos, otra loca mística) Qué no, en serio. Que este post no va de eso. Ellas —las señales, digo— me han llevado hasta esto, así que culpadlas a ellas o, como mucho, a mi torpeza como intérprete.

No hablo de metafísica ni de seres del más allá, sea lo que sea que eso signifique: hablo de percepción. Esto lo digo totalmente en serio. Tan en serio como digo que sé que los más racionales de entre la gente que me conoce —los más cuerdos, pero también los más aburridos— están convencidos de que estoy como una chota. Lo cual, dicho sea de paso, me parece genial. No quiero más cordura. Vale, si acaso la justita para pasar el día.

Uno se puede empeñar en darse cabezazos contra la pared intentando derribar los muros que nos limitan pero a veces solo hace falta abandonarse, dejar de resistirse, fijarse en las señales y caminar a lo largo del muro hasta encontrar una puerta. Mis muros crecieron a base de silencios: Uno tras otro, elevándose hasta dejarme encerrada dentro.

Provengo de una familia extensa, formada por una abrumadora mayoría de mujeres locas. Deliciosamente locas. Necesito gente alrededor. Y risas, música, baile y copas… y locuras. De las pequeñitas, es verdad, porque muy valiente no soy, pero locuras al fin y al cabo.

Supongo que a nadie que no me conozca en ese mundo que llamamos real le importa un comino quién soy —vale, a los que me conocen, tampoco mucho— pero por si alguien tuviera esa morbosa curiosidad le diré que yo tampoco tengo ni idea de quién soy. Que si lo averigua, que me lo cuente. Por salir de dudas más que nada.

Soy algo rara, seguramente, pero es que desde hace algún tiempo he crecido hacia adentro. No fue una elección, sino una consecuencia de mis límites. Había poco espacio para expandirme.

Cometo muchos errores porque aún estoy aprendiendo, pero no tengo ningún problema en pedir disculpas. Tampoco prisa. En aprender, digo, no en disculparme, que todo hay que explicarlo.

Necesito una buena almohada para dormir en paz, pero no de plumas o de latex… Intento rellenarla de honestidad, porque me gusta mirarme al espejo cuando amanezco —todavía tengo un punto de coquetería que no puedo evitar.

El día que deje de hacer lo que creo correcto, saltaré de un puente bien alto. Avisaré antes para no espachurrar a nadie en mi caída.

No puedo vivir traicionándome para hacerle la vida más cómoda a otros. Nadie debería. Empiezas por ser “la hija de Fulano”, para continuar siendo “la mujer de Mengano” y más tarde “la madre de Menganito”. Un día te preguntas: ¿Y donde puñetas estoy yo? Te has olvidado hasta de cómo te llamas, te has disfrazado con una segunda piel que te hace arrugas por todas partes y has vivido sin salirte ni una coma del guión. Pero no se puede gustar a todo el mundo. Mucho menos adivinando qué es lo que se supone que quieren que seas. Es imposible. Así que decides que lo que importa es gustarte a ti. Vamos, lo fundamental. No se puede dejar de ser quien eres, porque al final vas a decepcionarlos a ellos y te decepcionas a ti.

Intentando derribar el muro que me cerraba el paso aprendí que recorrerlo hasta encontrar la salida era la única opción. Encontré una puerta. Mi puerta estaba hecha con palabras. Y con libros. Y con almas —o como quieras llamarlo— que vibraban en mi misma frecuencia.

Nada ocurre por casualidad. Nadie llega a tu puerta un día y te dice: Oye, tú y yo pensamos parecido o tenemos vivencias similares. Pero si que ocurre algo así en el mundo virtual —¿Será esta la cuarta dimensión?—. Conectas, percibes, interpretas, descubres… De pronto gente a la que ni siquiera conoces se cuela en tu vida y se te hace imprescindible. Sabes que te entienden y estás seguro de entenderles mucho más allá de las palabras que intercambiáis.

Ellos son mis ventanas. Pensándolo bien, puede que escriba para ellos; para agradecerles de algún modo que estén ahí.  Y también porque algunos inconscientes (esto va por ti, Eva Collado) incluso me han sugerido que lo haga. Y para prestarme, ya puestos, a intentar ser una de sus ventanas cuando necesiten un poco de oxígeno.

Así atravesé mis límites: intentando construir salidas. Supongo que esa es la razón última de este intento: construir puertas y abrir ventanas. Para mí y también para otros. Necesito que entre aire nuevo, que se refresque cada rincón. Sacudir las alfombras, o mejor aún, retirarlas.

Me gustaría hablar de emociones que son algo mucho más complejo que los hechos desnudos. Las emociones no todos las comprenden del mismo modo. Los hechos y sus consecuencias son visibles, pero no las razones que nos llevan a ellos. Estoy en paz después de mucho tiempo.  Hago mis elecciones y asumo las consecuencias, que ya no dependen solo de mí, sino de la libertad de otros para hacer las suyas.

Vale, lo sé: Este desnudo puede parecer innecesario, pero es que estoy empezando a pensar que soy una exhibicionista frustrada. Pero que conste en mi descarga que tampoco he obligado a nadie a que presencie mi desnudo ¿no es cierto? Si lo has hecho ha sido tu elección. ¡Ahora no te quejes!

abril 2013
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