Au revoir, monsieur Moustaki

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Esta entrada no estaba prevista.
De pronto, surge una noticia… y el recuerdo de una canción. O de muchas.
Me acabo de enterar: ha muerto Georges Moustaki y supongo que para algunos no es fácil de entender, pero me he sentido un poco huérfana.
Hay músicas que nos han calado tan hondo, que han recorrido tanto camino con nosotros, que sientes que sin ellas sería difícil explicarte. Creo que Moustaki es artífice, en parte, de quién soy y lo que soy. No estoy segura de cuál era mi sensibilidad antes de escucharle, pero sí que estoy segura de que acunada con sus temas, creció.
Gracias por todo lo que nos diste a muchos. Valga esta entrada imprevista como pequeño homenaje.

 

 

No me vendas soluciones, dame la mano

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Sé que tengo que seguir evolucionando durante el resto de mi vida, pero hay una premisa que es imprescindible admitir para poder crecer como ser humano: Aceptar que la duda forma parte del lote. Entender que en muchas ocasiones tendré que cuestionarme incluso mis más pequeñas certezas.

Desde hace algún tiempo está de moda eso de la visualización positiva, los libros de autoayuda, y han surgido todo tipo de vendedores (con todos los respetos) con más o menos fortuna de eso a lo que llamaremos felicidad. Estamos muy perdidos… ¡Vaya que sí!

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Empecemos por el principio, por la madre del cordero: ¿Qué es felicidad? ¿Puede alcanzarse? ¡Venga, no nos engañemos! Para empezar, me cuestiono si tal cosa existe. Es un término demasiado abstracto. ¿No crees?

En todo caso preferiría hablar de equilibrio emocional  —más o menos estable y con cierta continuidad temporal, a ser posible— como el concepto más cercano a eso que hemos dado en llamar felicidad. Algo a lo que, en el fondo, todos aspiramos aún admitiendo de antemano que tal cosa no existe. Momentos felices o amables, sí, por supuesto ¿Felicidad en términos absolutos? Pues me temo que no, amigo. A no ser que tengas un conformismo a prueba de catástrofes nucleares o un cociente intelectual tipo ameba.

No hay libro, ni pastilla, ni corriente intelectual, ni filósofo sesudísimo, ni gurú, ni religión que pueda vender lo que no existe. Salvo que, repito, tengas un cerebro mononeuronal o estés estupendamente programado (modo ironía: ON) y por tanto incapacitado hasta para concebir dudas.

Venga no te me vengas abajo, eso no son malas noticias. Esa capacidad que tenemos para sentirnos insatisfechos, tristes, nerviosos, irritables o para cuestionarlo todo, desde lo aprendido hasta incluso nuestras propias certezas (¿?), nos permite evolucionar.

El que diga que está en posesión de alguna fórmula mágica, miente cual bellaco. Vale, tampoco quiero parecer dogmática, solo es mi opinión y como tal la expongo. Luego os podéis tirar a degüello. Lo único que pretendo hoy es generar dudas. Sacudir conciencias y certezas.

Si digo que miente es porque nadie, absolutamente nadie (perdón por el término “absolutamente”) debería elevar a la categoría de incuestionable nada. Y no es necesario que llegue alguien externo a enmendarte la plana. Puede que incluso lo hagas solito: tu verdad de hoy puede ser tu duda o tu desengaño de mañana.

Si alguien viene a decirnos que todo depende de nosotros y de nuestra actitud frente a los conflictos, que el ser feliz y el equilibrio emocional es una elección y todas esas zarandajas, podemos llegar a la conclusión de que la solución está en nuestras manos. Pero entonces creeremos también que si somos incapaces de resolver nuestros conflictos y de alcanzar ese estado de gracia es porque somos unos absolutos inútiles y entonces vamos a frustrarnos. Eso lejos de ayudarnos, duele y bloquea. Vamos a ver… No todo está en nuestras manos. Una parte sí, pero no estamos solos: Interactuamos.

Somos seres sociales y por tanto estamos “condenados” a relacionarnos con otros. Hay agentes externos que nos van a desequilibrar. Pero es que aún en el caso de que te conviertas en eremita y te metas en una cueva, no vas a encontrar “la felicidad”. Simplemente porque tal cosa no existe.

Lo que puede que nos ayude es el aceptar que somos seres incompletos, insatisfechos permanentes, que sufrimos desequilibrios emocionales porque somos saquitos de hormonas con patas y que eso no nos hace ni más pequeños ni más incapaces. En todo caso, aceptar eso, nos hace más capaces de entender que no hay fórmulas milagro, porque da igual los años que tengas o la experiencia que hayas adquirido por el camino: como seres emocionales siempre estaremos al borde o muy cerquita del abismo. Y tenemos que convivir con eso, y admitirlo es utilizarlo en nuestro favor.

Ninguno de nosotros necesita en momentos de crisis una teoría, sino serenidad y un abrazo. Las conclusiones ya vendrán después y es posible que para cada uno de los implicados sean distintas.

En el fondo somos muy simples (lo de saquitos de hormonas con patas ¿recuerdas?) y cada uno debe encontrar sus conclusiones y aprender a utilizar las herramientas que le son válidas, o inventarlas incluso, si ninguna de las que tiene a mano le vale. Por mucho que nos empeñemos y por muy buena voluntad que pongamos, las prestadas solo nos llevan a arreglos chapuzas. Aprendamos a relajarnos, a hablar desde la serenidad siempre que sea posible ¿Qué no es fácil? Por supuesto que no, pero para eso tenemos la capacidad de aprender. Y además los parches emocionales se despegan con una facilidad pasmosa.

Acéptalo: Vas a pasarte el resto de tu vida aprendiendo a vivir y equivocándote, pero no lo veas como algo traumático. Hacer lo que ya se domina acaba por ser monótono, y nadie quiere una vida aburrida, así que asumamos que el vértigo que representa vivir hace que valga la pena y que nunca terminaremos de dominar la técnica.

No temamos equivocarnos. Tengamos miedo a ser incapaces de admitir que nos hemos equivocado. Porque sin ese reconocimiento, no hay evolución posible.

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Por si aún quieres saber algo sobre el amor

     A veces las cosas que escribimos un día, cobran todo su sentido también para otros y las hacen suyas. Es una de las mayores satisfacciones: Saber que lo que has escrito, le ha servido a alguien. Si además te lo agradecen de esta manera, poniendo su voz a tus palabras, esa satisfacción se convierte entonces en una intensa emoción. 
         
       Aparece como suele hacerlo el amor: Sin previo aviso, sin dar opción a elegir si se desea sentir o no. El amor sencillamente se impone. Cuando decide aparecer, de algún modo estás perdido. No hay escapatoria. No es la razón quien manda en estas cosas. Posiblemente su irracionalidad es lo que lo hace tan hermoso. El pensamiento, el análisis, pueden acabar por destruir lo que de otro modo tendría oportunidad de seguir siendo tan perfecto como cuando nació.

         El amor es desgarro y gloria. Es cielo e infierno sin distancias. Es el blanco y el negro, es  el principio y es el fin. Es la risa y el llanto unidos en un mismo gesto. Lo es todo. El motor del mundo, la razón última aún siendo al tiempo locura y sinrazón. Nada tiene sentido, de nada  sirve la vida, que se convierte en mero tránsito, si no lo sientes, si no lo disfrutas y lo sufres y te dejas poseer por él.

          El amor no es susceptible de ser analizado, ni pesado, ni medido. No es tangible. Es esencia pura. Es el origen, la medida primigenia, de donde todo parte. Podemos negarlo, negárnoslo, pero aún así disfruta de la capacidad de sobrevivir a pesar de nosotros y de nuestros deseos racionales. No es posible matarlo si él ha decidido vivir.

Asomarse al alma

nudo emocional

En un espacio virtual también hay emociones. Es vida en estado puro. Y no, no es nada fácil separar el grano de la paja, pero a poco que mires puedes ver las heridas ulceradas junto a las alegrías desbordantes de quienes anuncian que, esta vez sí, han encontrado a la persona perfecta y no dejan de voltear las campanas. También hay silencios elocuentes e inseguridades mal disimuladas. Los hay que solo van de paso, los que nunca se desnudan y otros que exhiben su intimidad sin ningún pudor. Hay cotillas incómodos junto a gente que, de manera generosa, se interesa de verdad y pregunta si puede ayudar de algún modo.

He visto los gritos de socorro de personas que arrastraba su incapacidad para salir del pozo en el que estaban y también falsos profetas que subidos al estrado anunciaban poseer la fórmula del elixir de la felicidad.

La vida es compleja y las emociones más. No me creo a nadie que diga que tiene la respuesta o la receta para encontrarla, pero sí confío en quienes intentan ayudar a deshacer nudos ajenos.

Todos aspiramos a encontrar eso que llaman equilibrio emocional. Tal vez la raíz del problema es que inventamos argumentos excesivamente flácidos para sostenernos. Salimos al mundo apoyados en absurdas muletas sobre las que soportamos incapacidades no resueltas. Besamos soledades sobre bocas inadecuadas, para evitar desfallecer en abismos de dudas. Soportamos mutismos que resultan incapaces de evitar que acabemos pereciendo ahogados en océanos oscuros. Robamos a extranjeros caricias con las que, absurdamente, pretendemos rellenar agujeros negros. 

 

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Atravesamos un estrecho puente cargando a las espaldas sacas de correo rebosantes de silencios y de palabras incomprensibles o nunca entregadas. Desviamos miradas incapaces de sostener verdades dolorosas. Vivimos vidas distintas a la que inventamos. Nos dolemos de heridas que tal vez nadie produjo. Desgarramos vestiduras que nunca nos pusimos y reclamamos lo que nunca tuvimos. Así es el mundo de las emociones.

Luego, cuando nos quedamos sin argumentos por los que luchar, abrimos las manos de manera indolente, dejando que se aleje lo que nunca fue nuestro… y nos quedamos atónitos, con un gesto absurdo dibujado en la cara, esperando que amanezca y algo tenga sentido.

Dolor con amor y dudas para desayunar; rabia, gestos airados, despecho, esperanza y besos a la hora de la cena; velados reproches, caricias robadas y sonrisas fingidas para acunar las penas. Bailes absurdos para esquivar dolorosos arrepentimientos. Verdades hirientes lanzadas con furia cuya breve sensación de desahogo no justifica la herida provocada.

Nos muerde los talones la sorda duda sobre si somos lo que creen que somos o quienes creímos ser, mientras danzamos ebrios, tragando pócimas que nos aturden los sentidos con excesiva lentitud.

Nunca me atrevería a vender soluciones, sólo sé que nos necesitamos unos a otros. Que si no es ahora, tal vez lo fue antes o lo será después y que cualquier espacio es válido para eso. Y, que aunque no haya soluciones, lo que sí podemos es confrontar las almas. Hablar, romper silencios antes de permitir que se nos queden agarrados en el pecho con las fauces abiertas, despedazándonos entre sus dientes afilados. Está bien saber que aunque no haya panaceas para el equilibrio emocional podemos, entre todos, ir deshaciendo nudos.

 

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508 Sueños

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¿Qué habría después de los sueños? Siempre temía el momento del despertar. Comenzaba a rayar el alba, pero ella se resistía a abandonar la serenidad que encontraba entre las sábanas. Se aferró a la almohada y a los que podrían ser los últimos jirones de aquellos sueños, y temiendo el día en que acabasen.

Fueron muchas las veces que deseó que no llegase el amanecer, para poder quedarse eternamente en el único lugar donde se sentía en calma: enredada en sus sueños.

El sol siguió avanzando colina arriba, ajeno a sus deseos. Él no entendía demasiado de sueños. Se limitaba a cumplir su cometido. No se hacía preguntas. Solo hacía lo que todo el mundo esperaba: volver a amanecer. Más temprano durante el verano; algo después cuando el frío invierno reinaba. Unas veces radiante y otras sin embargo apenas visible, pero acudiendo cada día, obediente y en silencio.

Cada uno de esos sueños formaron parte de su vida. O tal vez fueron una vida entera en sí mismos. Ella solo sabía que cada noche volvía a tejerlos. Y cada uno de ellos certificaba una vida que podría haber sido. En cualquier caso aquellos sueños no eran solo imaginación, no eran espejismos, también fueron vivencias reales. Todos y cada uno.

La luz, finalmente, atravesó la ventana, acariciando con delicadeza su piel desnuda, como un amante atento, para que despertase al nuevo día. Abrió los ojos resignándose a seguir en la realidad hasta que anocheciese de nuevo. Era un privilegio esa capacidad suya de soñar, así que volvería a hacerlo mientras fuese posible.

Sabía también que en algún momento, acabarían. Que un día no habría más.
Y un día, no volvieron, pero fue hermoso haber tenido aquellos sueños. Quinientos ocho, para ser exactos.

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No quiero enemigos, solo dormir el sueño de las manzanas

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No quiero enemigos. Hoy no tengo ni fuerzas ni ganas para enfrentarlos. Me niego a que el odio anide en mi alma, porque sé que ese sería el peor de los suicidios. Un suicidio emocional, injusto, no solo para mí, sino también para todos aquellos que me quieren. Incluso, para aquellos que no me quieren. Siempre me sentí incapacitada para juzgar pero, a cambio, pido humildemente que no me juzguen.

El dolor forma nudos en la garganta que me hacen imposible respirar. Las lágrimas del dolor, las de la impotencia, las de la rabia, cristalizan e impiden ver con claridad. El dolor hace salir de mis labios palabras que no estaban en el corazón. Enemigos que vemos o enemigos que no vemos… ¿Que más da? No quiero ninguno y me niego a reconocerlos como tales.

A veces, cuando las sombras me cubren, vuelve Lorca para acompañarme, como siempre hizo cuando mis pies avanzaban temerosos entre sombras. Enfrento así los miedos,el dolor y las dudas.

 …Quiero dormir un rato,

un rato, un minuto, un siglo;

pero que todos sepan que no he muerto

Que hay un establo de oro en mis labios;

Que soy un pequeño amigo del viento oeste;

Que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.

(…)

A veces no hay más remedio que llegar a la sinrazón para alcanzar la razón. Es entonces el momento de ponerse de nuevo en pie, de no perder de vista el horizonte y volver a caminar. Apoyándonos en las manos si fuese necesario, arrastrándonos si aún así no basta o incluso aceptando la ayuda que otras manos nos ofrezcan para obtener la fuerza que nos falta, pero sabiéndonos dispuestos a no desistir.

La fuerza que nos resta la rabia, nos la ofrece el amor y es esa la que hoy necesito para no rendirme. Es por eso que renuncio a enfrentar enemigos. Simplemente no los quiero. No los tendré si no soy yo misma quien los siente como tales. De lo que sientan otros no puedo ni quiero hacerme responsable.

La mayor mezquindad de un ser humano es regodearse ante el dolor ajeno. Son esas cosas las que más duelen, las que hieren profundamente. No creo que nadie lo merezca.

Nadie gana o pierde, porque a cada paso que damos, todos ganamos y perdemos algo al mismo tiempo. No quiero sufrir ni que otros sufran. El dolor, muchas veces no es opcional, pero creo que tampoco es infinito.

Ya no importa demasiado lo que yo misma gane o pierda a consecuencia de mis errores, sino el daño que eso puede causar a otros. Por ellos sí que vale la pena seguir luchando.

hormigas[1]

...Cúbreme por la aurora con un velo,

porque me arrojará puñados de hormigas,

y moja con agua dura mis zapatos

para que resbale la pinza de su alacrán.

Porque quiero dormir el sueño de las manzanas

para aprender un llanto que me limpie de tierra;

porque quiero vivir con aquel niño oscuro

que quería cortarse el corazón en alta mar.

Si una mañana al despertarme, ya no me queda nada por lo que luchar, solo le pido a Dios que me de fuerza para aceptar que el privilegio es el de haber amado y no el de que te amen.

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