¿Quién gana qué?

¿Quién gana qué?

Todos hemos escuchado en alguna ocasión eso de los “daños colaterales”,  “el daño necesario” etc. Me parece un argumento endeble y cobarde. No por el argumento en sí, que también, sino por la gratuidad con la que se esgrime.

Gobiernos que, en aras de conseguir un supuesto “estado de bienestar” y en cuyo proceso venden como necesario y para beneficio general el sacrificio —ajeno, claro— , pero con resultados que, en la mayoría de las ocasiones, resultan ser para beneficio de unos pocos  y sin la decencia siquiera de contabilizar a las víctimas caídas durante dicho proceso.

Guerras en las que mueren mujeres, niños, jóvenes y ancianos, que ni quisieron ni eligieron que se produjesen y que en realidad no son ni más ni menos que absurdas lidias de poder, luchas vergonzosas con trasfondos económicos o territoriales entre gobiernos, pero en las que “los muertos” casi nunca son quienes las promovieron o las iniciaron.

Empresas y empresarios que sobrecargan a sus empleados por encima de lo racional, que les contratan en condiciones que nadie aceptaría salvo por la patética necesidad de subsistir de esos a los que, tan demagógicamente, se les llama las “clases populares” o que despiden a otros, no ya en aras de una disminución de las pérdidas, lo cuál sería lícito, sino de un mayor beneficio económico, en muchos casos más que innecesario y hasta obsceno.

Matrimonios que acaban y cuyos hijos han de bregar con situaciones, que ni quisieron ni buscaron y en las que sus padres, esos seres adultos incapaces de resolver sus conflictos, les exigen que acepten “con madurez” cualquier situación derivada de la ruptura, por incómoda que esta les resulte.

Se ha magnificado de tal modo el triunfo que parece que cualquier concesión para el interés general es una derrota. Yo no lo creo así. A veces, para que todos ganen, o que al menos nadie pierda del todo, hay que ceder un poco. Todos.

Lo justo y lo injusto son conceptos subjetivos, es verdad, pero tampoco es tan difícil de entender que muchas veces no se puede ganar. O no todo el tiempo.  Y, por supuesto, no a cualquier precio.

Los que ya me hayan leído en otras ocasiones saben que hay una palabra, o más bien un concepto, que me encanta: “UBUNTU”, que proviene de las lenguas zulú y xhosa, y que viene a significar algo así como: “Soy porque nosotros somos”  O dicho de otro modo: ¿Cómo uno de nosotros podría ser feliz si todos los demás estuvieran tristes?

Hemos creado un mundo competitivo. Absurdamente competitivo, me atrevería a decir… Tal vez sean muchas las cosas que debamos cambiar. Los egos tienen poca cabida cuando somos tantos y todo lo que hacemos repercute, de uno u otro modo, en lo que les ocurre a los demás.

El triunfo está sobrevalorado… O equivocado, más bien. O puede que sea yo quien se equivoque, que también es muy posible. Pero no quiero vivir en un mundo que busca solo, o como premisa, el disfrute o el beneficio personal, sin importar el precio, y que “los demás” se busquen la vida como puedan.

¿De verdad somos nosotros, los humanos, los “seres racionales” de este planeta?

No hay gloria alguna en llegar a la cima… de una pila de cadáveres.

 

 

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