Elogio de la ternura

Elogio de la ternura

(Advertencia: Si tienes alto el nivel de azúcar, tal vez no debas seguir leyendo esta entrada)

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Cada vez creo menos en la casualidad. Hacía tiempo que no escribía aquí, pero llevo dos días dándole vueltas a la “necesidad” (personal) de hablar de la ternura. El título lo tuve claro desde el primer momento: “Elogio de la ternura”. Me pregunté cuanto no habría ya escrito sobre este tema y si era pertinente añadir algo más. Tecleo en Google y descubro una entrevista a Jaime Rodríguez-Sacristán,  psiquiatra y ensayista, fechado hoy mismo, 18 de septiembre de 2014, habla de ello. No, como ya he dicho, no creo en la casualidad, así que sigo.

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Una conversación que mantuve hace solo un par de días fue el detonante. Una mujer me hablaba de una experiencia personal e hizo referencia a la ternura como definitoria. Una emoción que había percibido como calmante, sanadora.
En medio del caos personal y emocional, tan vigente en este momento para muchos, había tenido la gran suerte de que le regalasen una dosis de eso tan emotivo y sublime. No, no era enamoramiento, no era pasión, no era sexo… Tal vez también pudiera haber algo de todo eso solapado pero, ante todo y sobre todo lo que sobresalió por encima de cualquier otra emoción percibida fue la ternura.

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Habrá a quién le parezca  una emoción “cursi”, trasnochada y prácticamente reservada para niños, mujeres y ancianos.  No voy a discutir sobre eso. Cada uno siente como quiere o como puede. En cualquier caso, para mí, es una de las más sublimes que es capaz de sentir el ser humano.
Hay ternura en alguien que escucha a un amigo necesitado de hablar, la hay en una caricia desprovista de deseo hacia tu pareja; hay ternura cuando sientes el sueño plácido de tu hijo, dormido en tu regazo, en esa mirada a la que las palabras no pueden añadirle nada más; la hay cuando tu gato o en tu perro te reclaman una caricia, en la mano que sujetas a una persona enferma, en las arrugas del rostro de tus mayores. Existe ternura en esa emoción indescriptible que te invade cuando te sabes el asidero de un amigo que se ahoga en la oscuridad densa de sus propias sombras.
No está para nada reservado a las mujeres y a los niños. A los hombres les suele costar más admitir que sienten ese tipo de emoción y muchas veces la esconden, como si se tratase de una debilidad. A mi me parece una fortaleza del hombre que se atreve a mostrarla sin reparos.
¿Cursi? Quién sabe… Es posible. Mi forma de sentir no tiene por qué corresponderse con la de otros. No digo que sea mejor ni peor, pero en cualquier caso, hoy, aquí y ahora, reivindico la ternura como una de las emociones que, posiblemente, tiene mayor capacidad para “humanizarnos”.

“Todo lo puedo en aquel que me conforta” Epístola a los Filipenses 4 – 13

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