Elogio de la imperfección

No puedo sacarme esta idea de la cabeza hoy: Soy imperfecta, pero me alegro de serlo…

Veréis, no es que me haya vuelto conformista, ni tampoco que haya dejado de buscar el modo de mejorarme o de mejorar mi entorno, en absoluto. Más bien todo lo contrario. La aceptación no conlleva necesariamente la dejación.

¿Me dejáis que lo explique? Siempre he sido curiosa, pero últimamente soy una mirona. No una de esas que quieren enterarse de todo para sacarle los defectos a otros, sino más bien todo lo contrario: Observo para entender y también para perdonar.

No, no soy perfecta en absoluto… y a quien tengo que perdonarme es a mí. A los otros ya lo hago (Soy mucho más intransigente con los defectos propios que con los ajenos)

Vivimos en un mundo perfectamente imperfecto y nos hemos empeñado en anhelar la perfección, con toda la angustia que conlleva tan absurda aspiración.

No se me dan nada mal los números pero, si he de ser sincera, me gustan muchísimo más las letras. Prefiero apretar una mano que un billete. Pero el mundo se mueve por cifras: Consecución de objetivos, medias, baremos, share, rentabilidad, percentiles… Todo tiene que ser tasado, comparado, medido y  por supuesto, valorado en función del valor respecto a la media.

Los hijos tienen que desarrollarse conforme al progreso de otros, así que desde el momento en que acabamos de parirlos ya nos dan sus primeras notas. Intentamos optimizar su desarrollo inculcándoles desde niños la competitividad: Parece que para que sean felices  y sentirnos capacitados como padres, deberían saber judo, ser el mejor jugando al tenis, tocar algún instrumento, ser tan amables y educados que sean el asombro de nuestras amistades y la envidia de nuestros vecinos. Por supuesto a ser posible que tengan el peso y la talla adecuada y si es posible que hable algún idioma (o varios) porque así se lo exige la sociedad. Cuando estudian valoramos los resultado -por supuesto el colegio se encargará de decirnos cuál es la media de su clase, de su curso y hasta del país, para que sepamos si lo que tenemos en casa es un genio o un cenutrio.

Y no, no es que seamos unos padres horrorosos, es que nos han convencido de que para que sean (seamos) felices todo ha de estar dentro de lo normal o incluso, si es posible, por encima de esa media… Y eso es lo que ellos aprenden: a “aspirar a”, porque lo diferente es rechazable o de escaso valor; porque todo lo que no está dentro de los parámetros de normalidad es cuestionable, si no es directamente calificado de fracaso…

Eso lo arrastramos ya bien inculcadito desde pequeños para el resto de nuestras vidas. Todo tiene que adaptarse a unas normas o medidas determinadas: El trabajo no depende de tu implicación sino de la cuenta de resultados; tu sueldo de tus logros y tu aspecto; la calidad de tu relación de pareja, no de cómo funciona sino de los años de relación estable conseguidos; tu relación con tu cuerpo del índice de masa corporal… ¿sigo?

La verdad es que no le veo demasiadas ventajas a todo esto.  Esa aspiración enfermiza a lo único que nos lleva es a la insatisfacción permanente, porque todo es mejorable. Siempre lo es…

Como  consecuencia de todo esto, el mundo está plagado de insatisfechos. Se aspira a viajar en 1ª clase y alojarse en un hotel de 5 estrellas, celebrar un día los 25 o los 50 años de matrimonio “perfecto” para envidia de amigos y familiares, aunque las miserias se olviden ese día.

Parece que todo el mundo quiere que los hijos tengan muchos dieces en su expediente, que los dientes les salgan rectos –y si no, los corregimos aunque solo sea por un diente ligeramente torcido- y ya puestos, que las mujeres tengamos unas preciosas tetas de, al menos, una talla 100; que los hombres luzcan unos espléndidos pectorales, que tengan el pito más grande y un coche que cueste más que el del vecino………… Ya vale!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Me agoto solo de escribirlo.

Por eso hoy reivindico lo maravilloso de la imperfección, porque imagino el día en que fuésemos perfectos y me da escalofríos. Me gusta la gente, y me gusta aunque sea débil o imperfecta, me gusta el campo donde el dueño y señor es el caos natural, me gustan las manos ajadas por el trabajo que ofrecen caricias más dulces que otras manos de manicura perfecta pero vacías, me gustan las “lorcitas” del hombre que amo, el acné en el rostro de mi hija adolescente, las patas de gallo que muestran que he vivido, los ancianos que se dan la mano aunque ya no puedan hacer el amor, porque aún logran conmoverse con una mirada; me gusta mojarme con la lluvia aunque se me quede el pelo hecho un asco… Me gusta poder llorar cuando lo necesito, aunque se me corra el rimmel y reír a carcajadas con mis amigos. Me gusta tomarme una copa de más, hacer el ganso, perder la compostura en la boda de un familiar y bailar como una posesa… Me gusta respirar despacito y dejar que me abracen cuando el suelo parece querer ceder bajo mis pies. Adoro ser vulnerable, que mi vientre refleje que he parido tres hijas; no tener que ocultar, aún pasados los cincuenta, que sigo teniendo miedo… pero que también tengo intacta la capacidad de reír y tirarme al suelo, a pesar de la artritis, para hacer castillos en la arena.

 

Hoy reivindico la imperfección y el que seamos capaces de disfrutar de todo lo que nos hace más humanos.

Os deseo una feliz vida imperfecta!!!!

 

 

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