El corazón tiene razones…

by robert doisneau“El corazón tiene razones, que la razón no entiende.”

Seguro que lo has escuchado alguna vez… Hace algún tiempo, un buen amigo me habló de cuál era la etimología de la palabra recordar.

RECORDAR viene del bajo latín “recordare”, que se compone del prefijo re- (‘de nuevo’) y un elemento cordare formado sobre el nombre cor, c ordis (‘corazón’).

Por lo tanto, recordar es “pasar de nuevo por el corazón”. Me gustó tanto que creo que nunca voy a olvidarlo. Ni la etimología ni a quien me la dijo. Es lo bueno de los recuerdos. Re-cordar tiene la capacidad de suavizar las aristas de lo que fue.
Vivimos con demasiadas prisas, aferrándonos a la razón para tomar decisiones rápidas y sin tiempo para pasarlas por el corazón. No digo que esté bien o mal, sólo digo que con frecuencia es así.

Volviendo a la etimología de las palabras, veamos la de amable:

AMABLE (Del lat. amabĭlis) adj. Digno de ser amado.

Hacemos uso de las palabras pero rara vez nos detenemos a analizarlas. Al recordar volvemos a pasar por el corazón a las personas y las situaciones vividas, pero al hacerlo dulcificamos de algún modo aquello que ocurrió. ¿Quién no ha discutido con sus padres, hermanos, hijos o parejas alguna vez? Lo hacíamos con mayor o menor frecuencia pero, incluso si nuestra memoria nos permite evocar los motivos de los enfrentamientos, apostaría a que no los puedes sentir igual que entonces. El dolor, la rabia, la incomprensión o lo que fuera que te hizo enfrentar una batalla, pierde fuerza al ser re-cordado.

Lloramos a nuestros muertos y rescatamos los buenos recuerdos al hacerlo. Les echamos de menos y lo hacemos de forma amable, pero muchas veces olvidamos ser un poco más amables con los vivos, dejándole las riendas a la razón, que suele pecar de tozuda y obcecada. Con demasiada frecuencia nos empeñamos en convencer —o más bien, vencer— demostrando que estamos cargados de razones y argumentos.

Cuando el guerrero que llevamos dentro, se hace con el poder, nos arrastra a la batalla.

Nos asusta el paso de los años, pero hacerse mayor también tiene muchas cosas buenas. Con el tiempo, el guerrero que fuiste, va perdiendo ímpetu y pasa cada vez más horas dialogando con el anciano que serás. El guerrero se vuelve menos agresivo cuando entiende que sobre el orgullo de la victoria del vencedor planea una sombra… Un rastro que dejó el dolor del vencido. Es así cómo al guerrero, empiezan a parecerle menos dignos su gloria y los motivos de antiguas batallas .

Con los años, aumentan las situaciones y el número de personas que re-cordamos. El corazón se vuelve más activo “recordando” y esa actividad lo ensancha y dulcifica todo cuanto toca.
Mi guerrero hace tiempo que se ha cansado de batallas inútiles y cada vez se complace más en sentarse junto a la hoguera y escuchar lo que le cuenta mi anciano. Su ímpetu se ha ido suavizando.

Cinco generaciones

Mis mejores amigos no lo son porque fuesen o sean personas cargadas de razones sino porque son personas amables… Tal vez sea porque pasan más veces por mi corazón. Quien sabe, quizá sea por eso…

Lo que haces hoy, conformará tus recuerdos de mañana.

Intenta no olvidarlo, me dijo mi anciano…

Silencio…

Oír-al-silencio

Cada vez con más frecuencia, me encuentro con artículos que hablan de escuelas en las que se integran —dentro del horario escolar— actividades como yoga, meditación o técnicas de mindfulness. Me parece una estupenda propuesta. ¡Ya era hora! Lo poco que se de ese tema tuve que aprenderlo a la fuerza, por necesidad y puro instinto de supervivencia. Aprendí que controlar la respiración, pintar mandalas o escuchar una música determinada pueden ser herramientas muy útiles para salir a flote en determinados estados o para lograr un cierto equilibrio en cualquier momento.

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Cuando mis hijas eran pequeñas (son tres) llegué a tener complejo de “mala madre”. Hablaba con las otras madres y sabía que sus compañeros tenían agendas repletas de actividades tras la jornada escolar: Fútbol, inglés, piano, violín, pintura… Había obsesión por exprimir hasta la última gota de su potencial y dotarles de herramientas en cualquier área posible, para que pisaran con seguridad en un mundo en el que lo que más importaba era competir y, a ser posible, destacar. La mayoría de estas actividades continuaban durante el fin de semana y lo condicionaban, de manera que, cualquier actividad en familia, se ajustaba al tiempo disponible (poco) y en función de los horarios del partido, de un concierto o una exposición. Esto, que en sí no parece muy grave, multiplíquese por varios hijos… ¿Cuatro chicos con partidos durante el fin de semana? Lo viví de cerca… ¡Es de locos! Padres y/o madres que corrían durante todo el fin de semana, de punta a punta de la ciudad, repartiendo y recogiendo hijos, sin que fuera siquiera viable quedarse a ver jugar a alguno de ellos.

No se si en la generación de nuestros hijos, estadísticamente, el número de deportistas de élite y de músicos virtuosos será superior a las anteriores y quiero pensar que no hemos forzado en exceso la maquinaria y les hemos condenado a una situación de estrés y competitividad perpetuos y excesivos. Igual soy rara, pero cuando veo esos vídeos de niños japoneses dando conciertos a los tres años, lo único que me provoca es pena, vértigo y la sensación de que al pobre niño le han robado la infancia para convertirlo en una especie de autómata. Virtuoso, si queréis, pero autómata.

Amsterdam

Acabo de terminar “Amsterdam” de Ian McEwan. (No haré spoiler, tranquilos) Uno de los personajes, Clive, es músico y está escribiendo una sinfonía. Trabaja a destajo, apremiado porque tiene que acabarla para una fecha concreta, pero se ha atascado. Decide irse a las montañas, para romper el bloqueo. Sabe que es inútil insistir en esas circunstancias.

Cuando era estudiante y un problema de matemáticas se me resistía, después de haberlo intentado hasta el punto de bloqueo, lo dejaba reposar. Cuando la mente lograba sosegarse, la solución aparecía como por arte de magia. Solo había que transcribirla y ajustar los detalles. Seguro que muchos habréis tenido experiencias similares… Intento escribir y no es la primera vez que he roto un bloqueo literario (lo sé, suena pomposo, pero no encuentro otro modo de llamarlo) mientras planchaba, leía, hacía la compra o preparaba la comida. El agua se vuelve clara cuando dejas de agitarla.

En música un silencio es un signo que representa gráficamente la duración de una determinada pausa en una pieza musical. Tiene dos funciones: Separar las frases musicales y proporcionar un tiempo de descanso (y de respiración, en el caso de cantantes e instrumentos de viento) al intérprete.

El universo entero tiende al equilibrio (si le dejamos, claro). Es el yin y el yang. La felicidad es un concepto que tiene sentido porque existe la infelicidad. Vaciar la mente no es quedarse “en blanco”, sino permitir que cada cosa, cada idea, cada emoción encuentre su lugar… y lo hace con naturalidad cuando dejamos de forzar.

En la película “Bajo el sol de la Toscana” le dice una amiga a la protagonista:  “Escucha, cuando era niña, me pasaba horas buscando mariquitas, pero un día me rendí y me quedé dormida en la hierba. Al despertar las tenía por todo el cuerpo”

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Ya aprendimos a perseguir objetivos y metas, a ser competitivos, a estar alerta. Tal vez haya llegado la hora de aprender también a “no hacer”, para lograr el punto de equilibrio.

“Si le enseñaramos meditación a cada niño de ocho años, eliminaríamos la violencia en sólo una generación” ~ Dalai Lama

Dos años de blog

Party

¡Este blog cumple dos añitos! Supongo que lo suyo sería escribir algo, pero me ha pillado de improviso. En cualquier caso me apetece recuperar la que fue mi primera entrada.
Gracias a cuantos me habéis leído durante todo este tiempo y en especial a Eva Collado, que fue la persona que me animó a empezar.

https://romperelasfalto.wordpress.com/2013/04/14/creciendo-hacia-afuera/

El padre de Billy Elliot

El padre de Billy Elliot

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No sé la  de veces que he visto Billy Elliot. Hoy la hacían en televisión y no he podido -ni querido- evitar volver a verla. Las buenas películas son como los buenos libros: No sólo no importa volver a ellos, aunque ya sepas lo que va a ocurrir, sino que diría que conviene volver. Siempre vas a encontrar algo nuevo, algo que te pasó desapercibido o detalles que no recordabas.
Supongo que el hecho de que hoy sea el “Día del Padre” ha hecho que me fije especialmente en ese personaje: el padre de Billy.

Muchas cosas han cambiado en nuestro concepto de que es ser padre (o madre) respecto a lo que eso representaba en generaciones anteriores a la nuestra. Frases del tipo: “Cuando seas padre, comerás huevos” “Porque lo digo yo, que para algo soy tu padre” y muchas del mismo calibre, nos parecen a día de hoy, totalmente desfasadas.

Si bien es verdad que en nuestros primeros años necesitamos que la figura paterna cumpla unos determinados requisitos, no es menos cierto que esos varían conforme crecemos. No podemos criar hijos con criterio, si luego no les permitimos ejercerlo. Que te cuestionen no resulta cómodo, pero es un saludable síntoma de que son seres completos y con capacidad de pensar por si mismos. Eso no significa que haya que transigir con ninguna falta de respeto, por supuesto. Y no, no nos gusta que nuestros hijos nos cuestionen, pero igual no nos viene nada mal que lo hagan…

Yo no quiero hijos con una fe ciega en lo que digo y lo que hago. Quiero hijos que sean seres completos e in-dependientes. El respeto ha de ser bidireccional.

Considero fundamental que los padres, además de marcar unas ciertas directrices, tengamos capacidad de escucha. Nuestro papel fundamental en realidad es el de “posibilitadores”. Posibilitadores del desarrollo completo de aquellos que en realidad no son nuestros, sino que sólo están bajo nuestro cuidado. Es algo que no debemos olvidar.

Nadie en este mundo ha nacido para satisfacer nuestras expectativas. Si bien es lógico y natural que intentemos que alcancen todo el potencial necesario para sentirse cómodos en la sociedad en la que tienen que vivir, no debemos olvidar que nuestro reto es conseguir que logren “sus” metas. Sean las que sean… Incluso aunque no sean las que un día soñamos para ellos. No son responsables de nuestros sueños. Sólo de los suyos.

Ser padres no es tarea fácil. Quien haya pasado la barrera de la admiración incondicional de sus hijos, sabe de que hablo. Tal vez un día descubras que ya no eres su referente vital. Tranquilo, suele ser algo transitorio… Si lo haces medianamente bien, un día volverás a serlo. Eso significará que hiciste un buen trabajo. Y mientras llega ese momento, tal vez harías bien en cuestionarte cuando ellos lo hagan. Nadie posee la “verdad absoluta”, ni tampoco puede trasmitir un mensaje si no es coherente con lo que predica.

Cuando tus hijos te cuestionen, cuestiónate. Tal vez no siempre sean justos, pero ten por seguro que sus dudas son sinceras.

Nada

Duró apenas lo que tardó en cerrarse la puerta a mis espaldas. Luego, nada. Una nada densa, absoluta , contundente. Sigue leyendo

Querido tú

    El otro día, por un instante, pude verte… No hablo de tu presencia física. Esa la veo con cierta frecuencia. Hablo de verte a ti. Al ser que te habita y que no estoy segura de que muchos hayan podido ver. No es que sean ciegos, no, solo que tal vez no han mirado bien … Sigue leyendo

Solo por hoy

Solo por hoy…

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Solo por hoy, no pienses en mañanas inciertos, en amaneceres cálidos, en besos de buenas noches ni en quiméricas miradas, atrapadas en almas ajenas.
Solo por hoy olvida las viejas baladas de amor, los libros por leer o por escribir y las frases lapidarias.

Nada de imaginarios planes de viaje en pareja o de anheladas noches bajo las estrellas… Al menos por hoy.

Solo por hoy, no cierres los ojos, no convoques el roce de otras manos apartándote un mechón de cabello, ni unos ojos sonriéndote.
Solo por hoy descálzate, y pisa lo que hay bajo tus pies… Siéntelo. Sin más.
Solo por hoy, que no te importe si nadie te sueña o si abraza su almohada convocándote.
Solo por hoy, abre esa botella de vino que tenías reservada…y llena tu copa.
No hay mejor ocasión que ésta, ni mejor compañía que la que ves en el espejo cada mañana.  Hoy no ansíes que alguien te ame; hazlo tú.

Ponte música, bebe un sorbo, respira despacio… Paladea, con los pies descalzos, el regalo que es la vida.

Miradas


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Cuando me surgen preguntas de manera inconsciente, intento encontrar respuestas desde la intuición, más que desde la razón. Hoy me he acordado de un famoso cuento de Nasrudín que compartí hace algún tiempo.

Todos buscamos respuestas. Tal vez no todo el mundo se haga las mismas preguntas, es verdad. Por otro lado, aunque resultase que sí, es poco probable que hallasen las mismas o, ni tan siquiera, similares.

Hoy me pregunto con que grado de autenticidad somos capaces de mostrarnos, no ya a otros, sino incluso a nosotros mismos. Quien más y quien menos se ha puesto un traje, con suerte, elegido y hecho por él mismo y a su medida pero, con demasiada frecuencia, el que considera que le hace resaltar sus rasgos más favorecedores: aquellos que muestran su mejor aspecto de cara a los demás e incluso a sí mismo (e incluso adaptado a la moda más demandada).

Nos hemos ido estandarizado de tal modo que en algún momento, suponiendo que nos mirásemos a ese espejo interno que nos muestra sin piedad alguna, tal vez nos cueste reconocernos, sentirnos cómodos en nuestra propia piel,  genuinos, auténticos… ¿O son dudas sólo me asaltan a mí?
Recuerdo aquellos versos de Becquer, que dicen: “que el alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada”.

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Y me pregunto…

¿Con que frecuencia “nos miramos” o “nos dejamos ver”?

Lo que voy a decir igual suena algo “místico”, pero no lo es:

Creo que la transmisión de información más valiosa, más auténtica de quienes somos ocurre cuando permitimos el “flujo energético” que se produce en la mirada consciente al otro ( o a nosotros mismos).
Hace poco, hablando con un amigo, comentamos que, seguramente, todo lo que era verdaderamente importante saber de alguien, se podría saber a través de la mirada.

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Quienes me conocen saben que soy devota de la palabra; es cierto, pero también creo que muchas veces, la información por vía verbal puede resultar confusa o insuficiente. No siempre se encuentran las palabras adecuadas y, por otro lado, para que ocurra la “magia” comunicativa, tanto emisor como receptor han de estar sintonizados en la misma frecuencia en el preciso instante en que ocurre el intercambio de mensajes.
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Seguramente habréis visto ya un vídeo que andaba por las redes. Por si es que no, lo recupero: Dos personas frente a frente, mirándose a los ojos. Silencio absoluto. ¿Nada más?… Creo que TODO.

¿Que tal si nos detenemos? Vamos con tantas prisas que le dedicamos poco tiempo a lo verdaderamente importante: Desnudarnos. ¡Venga! ¿Por qué no? Probemos a desvestirnos de frases hechas, de lugares comunes, de disfraces; probemos a dejar a un lado los convencionalismos, los prejuicios y, simplemente, adentrarnos en la mirada del otro. O en la propia, mirando a nuestro interior, pero, ¡ojo!… mires donde mires, sea dentro o fuera, hay que hacerlo sin juzgar. Esto último ya es el “más difícil todavía”, el “abracadabra”, es “rizar el rizo”, pero se puede… Incluso, me atrevería a decir que “se debe”.

«Tal vez quien no se asoma a otros ojos esconde su “alma”, o carece de interés por la ajena»

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Añado un regalo de última hora, que me ha hecho mi amiga Ana Carmen Moruga y que, ni quiero, ni puedo, dejar sin compartir:

Aquello de “conmigo o contra mí”…

bUENOS Y MALOS

No soy la mejor persona del mundo. La peor, tampoco. Seguro que no te importa un pimiento lo que acabo de decir, pero es un hecho… Y un dato nada despreciable según se mire. Cierto grado de “mediocridad”, visto así, tampoco parece tan nefasto, ¿no crees?
Tenemos la (pésima) costumbre de movernos en un mundo de contrastes. De buenos y malos. De blancos y negros. De conmigo o contra mí.

Igual tengo uno de esos días en que me siento cansada, o mayor, o incapaz de enfrentar batallas o enarbolar banderas que percibo ya difusas, lejanas y/o ajenas.

Decidí que ni quiero ni puedo cambiar el mundo. Es una de esas ventajas que otorga cierto grado de madurez, ganada a fuerza de cumplir años y de dejarte la piel en el árido asfalto del día a día. Porque uno empieza por intentar cambiar el mundo y, con el tiempo, se esfuerza porque, al menos, el mundo no le cambie a uno.

A pesar de lo dicho (eso de la madurez), sigo siendo en parte aquella niña de los “por qués” perpetuos, incapaz de comprender demasiadas cosas. Me temo que me moriré con los ojos muy abiertos. De perplejidad.

Había pensado escribir algo del por qué me cuesta identificarme con eso tan actual de #SoyCharlieHebdo, pero hay más. Es fácil dejarse llevar por la indignación de que, a golpe de bala, se callen otras voces. Sí, a mi también me duelen los muertos de París. Cualquier muerte innecesaria e injusta, me duele. Pero me duelen también las de los más de dos mil (¡2.000!), ocurridas en Baga ( Nigeria) a manos de militantes de Boko Haram, en estos mismos días, de las que no he oído nada, y tanto o más injustificadas e innecesarias, si es que alguna puede explicarse. ¿Dónde están los mandatarios portando pancartas de #YoSoyBaga?


CRISTIANOS-QUEMADOS-NIGERIA

Y me duelen también esas personas que hoy se puedan sentir intimidadas o miradas con reticencia porque son de religión islámica y, por ende, sospechosos de terrorismo. O los que son judíos y por lo tanto, partícipes del daño ejercido al pueblo palestino. O… Podría seguir hasta el infinito. Mejor paro.

Muertos
¿De verdad es necesario reducirlo todo a un mundo de blancos y negros, de buenos y malos, de muertos importantes y muertos que no importan a nadie? ¿Dónde dejamos los matices? ¿Dónde la idea de que nadie debería ser engullido por los prejuicios sobre su raza, ideario político, religión o lo que se le antoje a otro? Si se supone que somos seres independientes y no masa informe y que tenemos la capacidad de hablar y de pensar, ¿por qué reducirlo todo a un sí o a un no?

Volviendo al tema de las libertades: ¿La libertad de expresión ( o del tipo que sea) es el “todo vale”? ¿A cualquier precio? ¿”Porque yo lo valgo”? ¿Dónde dejamos entonces todos aquellos valores que defendemos a capa y espada cuando nos agreden a nosotros? ¿Dónde están los límites de la burla y de la mofa? ¿Cuando “lo gracioso” no tiene ni puta gracia? ¿Cuando somos nosotros los afectados? ¿Cuando la victima es relevante o pertenece al primer mundo? ¿Y los otros? ¿Que hacemos con ellos?

Charlie

(Aquí podría haber puesto algunas imágenes de portadas de la famosa revista satírica, pero la mayoría no me hacen ninguna gracia, la verdad)

A los yihadistas les podemos decir que es que tienen que respetar nuestros sentido del humor, no darse por ofendidos y todas esas monsergas, sí… Pero lo que no tiene gracia, no la tiene. Y ¡ojo! no estoy defendiendo en absoluto a quién sea el artífice de las muertes de Paris. De ninguna de las maneras… Pero tampoco quiero elevar a las víctimas a los altares de la libertad de expresión. No. Rotundo. Conmigo que no cuenten.
¿Donde termina tu libertad y empieza la mía o viceversa? ¿ Quién dice que tengo derecho a hacer mofa despiadada de lo que a ti te ofende?
Se me partió el alma viendo el “sembrado de cadáveres” en Nigeria… No había escuchado nada sobre ellos. Muertos que a nadie le importan. La triste realidad.

En serio… No lo entiendo y me temo que no lo voy a entender por mucho que me lo expliquen… He sentido vergüenza ajena viendo a esos mismos políticos que coartan las libertades en los territorios que gobiernan, encabezando manifestaciones en pro de la libertad de expresión por las calles de París. He sentido vergüenza ajena de esos “hombres de Dios” que criminalizan desde sus púlpitos a quienes abortan o tienen una “desviación sexual” y que más tarde son acusados de forzar a menores. Vergüenza ajena de aquellos bancos rescatados con el dinero de todos, a los que no les tiembla el pulso a la hora de desahuciar a aquellos que impagan su hipoteca. (Me gustaría saber si hay algún estudio que relacione los que perdieron sus ahorros con las famosas “Preferentes” y posteriormente han perdido sus casas). Vergüenza por aquellos que defiendes a capa y espada sus derechos, pero no tienen ningún pudor en pisotear los ajenos. Y me da igual de lo que hablemos: política, religión, derechos humanos, animales o del majarash de Kapurthala.

La verdad es que estoy “hasta los mismísimos” de la hipocresía, de la venta de humo en las dosis adecuadas y en el momento oportuno, de falsedades, de profetas y de “harekrishnas”.
Por supuesto, tampoco soy perfecta (¡Dios me libre!), ni intento salvar el mundo, ni quiero que nada de lo que digo se responda con un : “Amén”. Me gusta debatir, que me reten con argumentos contrapuestos a los míos, que lleven al límite mis razonamientos… No tengo miedo a cambiarlos si me convencen otros. Nunca me sentí en posesión de la verdad, pero expongo “mi verdad” (muchas veces, transitoria). Pero tampoco me gusta que me pisen los juanetes, ni que se mofen descaradamente de lo que para mi es importante. Rara que es una, oiga…

Intento que esta parcelita del mundo en la que me ha tocado vivir sea un poco menos extremada, más compasiva, más amable… Aunque no siempre ande sobrada, intento regalar alguna que otra sonrisa (pero no a costa de nadie), acompañar a respirar lento y profundo a quien le falten el aire y los argumentos, (muchas veces encontré, haciendo eso, los míos). Una cierta dosis de lógica en este mundo de locos, sienta bien.

¡Hale! Pues ahora me voy a pintar mandalas e intentar re equilibrar los chackras, que se me han alterado escribiendo estas líneas. Namasté.

 

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Rara felicitación navideña

Rara felicitación navideña

Navidad

Hay miles de artículos que hablan de relaciones tóxicas. La pregunta tal vez sea por qué algunas relaciones nacen o se transforman en tóxicas. Puede que haya encontrado algún posible motivo. No, no voy a descubrir vida en Júpiter ni la cuadratura del círculo, sino a compartir alguna de mis apreciaciones. Nada que no haya pensado antes, es verdad solo que esta vez traigo una prueba. (Ver vídeo al final)
La raíz fundamental del conflicto entre personas creo que está en la forma en que el ser humano y el entorno en el que vive ha ido evolucionando. La premisa fundamental de cualquier sociedad “evolucionada” es competir. Eso nos ha vuelto desconfiados y fieros. Respondemos con agresividad, incluso sin provocación explícita. Defendemos nuestro pequeño espacio vital con garras afiladas, no vaya a ser que por no mostrarlas a tiempo y enseñar los dientes, vayan a pensar que somos débiles. Tal vez estemos cometiendo un error de bulto. La humanidad entera… Sí, unos más que otros, pero del que nadie se libra.
Tal vez tú te hayas planteado en alguna ocasión mostrarte sin defensas: “Ser amor”, como suele decirse. Y lo más probable es que hayas quedado decepcionado, lastimado e incluso hayas buscado un rincón y afilado tus uñas para que no te volviese a ocurrir.
El mundo es hostil con demasiada frecuencia. Recelamos. Lo hacemos con tanta frecuencia que ya ni siquiera somos conscientes de que lo hacemos. Eso agota a cualquiera. Y así estamos… Cada uno con sus pequeñas o grandes taras, cubiertos de cicatrices y de corazas.
Estaba reacia a la Navidad hasta que he decidido sacudirme todo lo negativo que me hubiera llevado a ese estado de ostracismo.
No es que la Navidad tenga que ser distinta al resto del año, pero si que es verdad que solemos tender en estas fechas a estar más dispuestos a bajar la guardia. Y la he bajado…
El auténtico espíritu de la Navidad permanece en el fondo de nosotros, aunque esté cubierto de ramitas de muérdago, compras apresuradas, comidas indigestas, árboles llenos de bolas de colores y paquetes cubriendo el suelo. Arrinconado, callado, apenas visible entre lazos rojos, papeles dorados y espumillón, sigue estando lo fundamental: Ese espíritu navideño que nos invita a amar un poco más y temer un poco menos.
Te invito a ver el vídeo detonante de esta reflexión navideña. Como verás no tiene nada que ver, pero los detonantes mentales y los emocionales son así: imprevisibles y mágicos…

Seguiré confiando en que el proceso de “involución” del ser humano no sea irreversible. No añadiré nada más. Que cada cual saque sus conclusiones si es que las encuentra.

Ah, y… ¡Feliz Navidad!

(Lo sé, trece minutos son muchos, pero creo sinceramente que valen la pena)

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