Silencio…

Oír-al-silencio

Cada vez con más frecuencia, me encuentro con artículos que hablan de escuelas en las que se integran —dentro del horario escolar— actividades como yoga, meditación o técnicas de mindfulness. Me parece una estupenda propuesta. ¡Ya era hora! Lo poco que se de ese tema tuve que aprenderlo a la fuerza, por necesidad y puro instinto de supervivencia. Aprendí que controlar la respiración, pintar mandalas o escuchar una música determinada pueden ser herramientas muy útiles para salir a flote en determinados estados o para lograr un cierto equilibrio en cualquier momento.

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Cuando mis hijas eran pequeñas (son tres) llegué a tener complejo de “mala madre”. Hablaba con las otras madres y sabía que sus compañeros tenían agendas repletas de actividades tras la jornada escolar: Fútbol, inglés, piano, violín, pintura… Había obsesión por exprimir hasta la última gota de su potencial y dotarles de herramientas en cualquier área posible, para que pisaran con seguridad en un mundo en el que lo que más importaba era competir y, a ser posible, destacar. La mayoría de estas actividades continuaban durante el fin de semana y lo condicionaban, de manera que, cualquier actividad en familia, se ajustaba al tiempo disponible (poco) y en función de los horarios del partido, de un concierto o una exposición. Esto, que en sí no parece muy grave, multiplíquese por varios hijos… ¿Cuatro chicos con partidos durante el fin de semana? Lo viví de cerca… ¡Es de locos! Padres y/o madres que corrían durante todo el fin de semana, de punta a punta de la ciudad, repartiendo y recogiendo hijos, sin que fuera siquiera viable quedarse a ver jugar a alguno de ellos.

No se si en la generación de nuestros hijos, estadísticamente, el número de deportistas de élite y de músicos virtuosos será superior a las anteriores y quiero pensar que no hemos forzado en exceso la maquinaria y les hemos condenado a una situación de estrés y competitividad perpetuos y excesivos. Igual soy rara, pero cuando veo esos vídeos de niños japoneses dando conciertos a los tres años, lo único que me provoca es pena, vértigo y la sensación de que al pobre niño le han robado la infancia para convertirlo en una especie de autómata. Virtuoso, si queréis, pero autómata.

Amsterdam

Acabo de terminar “Amsterdam” de Ian McEwan. (No haré spoiler, tranquilos) Uno de los personajes, Clive, es músico y está escribiendo una sinfonía. Trabaja a destajo, apremiado porque tiene que acabarla para una fecha concreta, pero se ha atascado. Decide irse a las montañas, para romper el bloqueo. Sabe que es inútil insistir en esas circunstancias.

Cuando era estudiante y un problema de matemáticas se me resistía, después de haberlo intentado hasta el punto de bloqueo, lo dejaba reposar. Cuando la mente lograba sosegarse, la solución aparecía como por arte de magia. Solo había que transcribirla y ajustar los detalles. Seguro que muchos habréis tenido experiencias similares… Intento escribir y no es la primera vez que he roto un bloqueo literario (lo sé, suena pomposo, pero no encuentro otro modo de llamarlo) mientras planchaba, leía, hacía la compra o preparaba la comida. El agua se vuelve clara cuando dejas de agitarla.

En música un silencio es un signo que representa gráficamente la duración de una determinada pausa en una pieza musical. Tiene dos funciones: Separar las frases musicales y proporcionar un tiempo de descanso (y de respiración, en el caso de cantantes e instrumentos de viento) al intérprete.

El universo entero tiende al equilibrio (si le dejamos, claro). Es el yin y el yang. La felicidad es un concepto que tiene sentido porque existe la infelicidad. Vaciar la mente no es quedarse “en blanco”, sino permitir que cada cosa, cada idea, cada emoción encuentre su lugar… y lo hace con naturalidad cuando dejamos de forzar.

En la película “Bajo el sol de la Toscana” le dice una amiga a la protagonista:  “Escucha, cuando era niña, me pasaba horas buscando mariquitas, pero un día me rendí y me quedé dormida en la hierba. Al despertar las tenía por todo el cuerpo”

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Ya aprendimos a perseguir objetivos y metas, a ser competitivos, a estar alerta. Tal vez haya llegado la hora de aprender también a “no hacer”, para lograr el punto de equilibrio.

“Si le enseñaramos meditación a cada niño de ocho años, eliminaríamos la violencia en sólo una generación” ~ Dalai Lama

¿Quién gana qué?

¿Quién gana qué?

Todos hemos escuchado en alguna ocasión eso de los “daños colaterales”,  “el daño necesario” etc. Me parece un argumento endeble y cobarde. No por el argumento en sí, que también, sino por la gratuidad con la que se esgrime.

Gobiernos que, en aras de conseguir un supuesto “estado de bienestar” y en cuyo proceso venden como necesario y para beneficio general el sacrificio —ajeno, claro— , pero con resultados que, en la mayoría de las ocasiones, resultan ser para beneficio de unos pocos  y sin la decencia siquiera de contabilizar a las víctimas caídas durante dicho proceso.

Guerras en las que mueren mujeres, niños, jóvenes y ancianos, que ni quisieron ni eligieron que se produjesen y que en realidad no son ni más ni menos que absurdas lidias de poder, luchas vergonzosas con trasfondos económicos o territoriales entre gobiernos, pero en las que “los muertos” casi nunca son quienes las promovieron o las iniciaron.

Empresas y empresarios que sobrecargan a sus empleados por encima de lo racional, que les contratan en condiciones que nadie aceptaría salvo por la patética necesidad de subsistir de esos a los que, tan demagógicamente, se les llama las “clases populares” o que despiden a otros, no ya en aras de una disminución de las pérdidas, lo cuál sería lícito, sino de un mayor beneficio económico, en muchos casos más que innecesario y hasta obsceno.

Matrimonios que acaban y cuyos hijos han de bregar con situaciones, que ni quisieron ni buscaron y en las que sus padres, esos seres adultos incapaces de resolver sus conflictos, les exigen que acepten “con madurez” cualquier situación derivada de la ruptura, por incómoda que esta les resulte.

Se ha magnificado de tal modo el triunfo que parece que cualquier concesión para el interés general es una derrota. Yo no lo creo así. A veces, para que todos ganen, o que al menos nadie pierda del todo, hay que ceder un poco. Todos.

Lo justo y lo injusto son conceptos subjetivos, es verdad, pero tampoco es tan difícil de entender que muchas veces no se puede ganar. O no todo el tiempo.  Y, por supuesto, no a cualquier precio.

Los que ya me hayan leído en otras ocasiones saben que hay una palabra, o más bien un concepto, que me encanta: “UBUNTU”, que proviene de las lenguas zulú y xhosa, y que viene a significar algo así como: “Soy porque nosotros somos”  O dicho de otro modo: ¿Cómo uno de nosotros podría ser feliz si todos los demás estuvieran tristes?

Hemos creado un mundo competitivo. Absurdamente competitivo, me atrevería a decir… Tal vez sean muchas las cosas que debamos cambiar. Los egos tienen poca cabida cuando somos tantos y todo lo que hacemos repercute, de uno u otro modo, en lo que les ocurre a los demás.

El triunfo está sobrevalorado… O equivocado, más bien. O puede que sea yo quien se equivoque, que también es muy posible. Pero no quiero vivir en un mundo que busca solo, o como premisa, el disfrute o el beneficio personal, sin importar el precio, y que “los demás” se busquen la vida como puedan.

¿De verdad somos nosotros, los humanos, los “seres racionales” de este planeta?

No hay gloria alguna en llegar a la cima… de una pila de cadáveres.

 

 

marzo 2017
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