No soy optimista…

No soy optimista…

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Ayer hizo un año que empecé en esta andadura del blog. Pensé que estaría bien escribir algo pero en realidad no tenía nada sobre lo que escribir. Prefiero que sean las ideas quienes me encuentren.  Un post de José Luis Casal (@jlcasal) me ha hecho reflexionar.  Se titula  Perdona, ¿tú eras optimista o positivo?”  Ha hecho que mi engranaje mental se pusiese a trabajar. Y le he dejado…

¿Está sobrevalorado el optimismo? Tras leer lo que él expone, diría que sí. Estoy plenamente de acuerdo en su diferenciación con ser positivo, que es algo muy distinto.

Me considero una persona positiva. Hacer que en cualquier circunstancia sea una buena actitud, alejada en lo posible de la negatividad y el pesimismo la que nos guíe, me parece acertado.

El optimismo, visto desde el prisma que lo hace José Luis, me parece una memez del tamaño de Australia. Una actitud comparable a la del avestruz. Es la negación de la realidad; un comportamiento pueril que aporta muy poco. Pero allá cada cual, ¿no?

Hay una corriente que ha sublimado el optimismo pero no me parece que ese modo de relacionarse con la realidad aporte demasiado. Más bien la disfraza…

Si partimos de la base de que somos seres inteligentes, estaría bien desarrollar todas nuestras capacidades. Soy partidaria de eso a lo que ahora se le llama “mindfulness” (o “Atención Plena”, en el lenguaje de Cervantes), aunque he de confesar que solo lo practico de manera amateur. Observar nuestras emociones nos enriquece y nos permite de paso ser seres más empáticos.

No conozco a nadie que no disfrute de los momentos amables o divertidos, pero conozco a muchas personas que se niegan a sí mismos los momentos dolorosos; incluso los trágicos… Los visten de carnaval, les pintarrajean la cara y “pelillos a la mar”. Es verdad que lo hacen con mayor frivolidad con “las penas” ajenas, pero también lo he visto hacer con las propias. Igual es que soy yo la rara, pero normal, normal, no me parece… Creo que la negación de la realidad es una incapacidad emocional que, de ser una actitud contagiosa, nos llevaría a un mundo absurdo de memos sonrientes, pero huecos.

En el mundo de la interpretación, se considera una virtud el tener muchos registros; no estar encasillado, limitado… El que un actor sea capaz de representar con absoluta credibilidad un texto dramático, profundo, desgarrador incluso, y en otra ocasión haga un deslumbrante despliegue de sus dotes cómicas hace que se le considere un gran actor.

En la vida ocurre algo parecido, ¿no? Me gusta la gente que vibra, que no se oculta ni se trasviste, la que vive o acompaña a otros en los buenos y en los malos momentos, la que se los permite todos y, más importante aún “te los permite”. No considero que sea una buena idea ocultarlos ni disfrazarlos de lo que no son. A esas las considero personas auténticas; creíbles.  Y por supuesto que todo eso puede ir acompañado de una actitud positiva.

Me entusiasma leer, pero no disfruto con los personajes planos y previsibles. Me gustan los complejos porque es eso los que los hace verosímiles y humanos. La gente de verdad ríe, llora, se desespera, grita, salta, canta o se deprime. Los seres humanos somos así: Insufrible o deliciosamente complejos, como prefieras, pero poliédricos.

Una actitud positiva ayuda a que los estados de ánimo sean canalizados o reconducidos de manera proactiva. El optimismo a ultranza es, visto así, una especie de mutilación. Una “incapacidad” por decirlo de algún modo. Agradable para el entorno si queréis, pero incapacidad al fin y al cabo.

A veces se nos queda grabado un comentario que podría haber resultado intrascendente. Hace unos meses, escuché a una amiga decirle a alguien: “Eres una persona con muchos registros”. Me pareció  uno de los piropos más bonitos que había oído nunca. ¿No es eso estar vivo de verdad? ¿Quién no querría que le dijesen algo así?

Tenemos una vida. Debería ser suficiente si prestamos atención a todo lo que sucede. Saltando los charcos, disfrutando de los buenos momentos, pero permitiéndonos todos. Los chungos, también… Tal vez las gafas rosas no deban llevarse siempre, salvo que solo quieras vivir una parte, salvo que te conformes con una vida mutilada.

Defiendo el positivismo, por supuesto que sí, pero todo merece ser vivido. Tal vez sin drama, sin juzgar lo que sentimos como “bueno o malo”, como “positivo o negativo”, pero permitirnos la tristeza, la rabia o el dolor también nos enriquece, ¿no crees?

La vida te va a dar las oportunidades, pero eres tú quien las gestiona. No voy a desear que tengas una vida fácil y completamente feliz. Te deseo una vida plena.  Aumenta tus “registros” y ¡vívelo todo!
Brain

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508 Sueños

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¿Qué habría después de los sueños? Siempre temía el momento del despertar. Comenzaba a rayar el alba, pero ella se resistía a abandonar la serenidad que encontraba entre las sábanas. Se aferró a la almohada y a los que podrían ser los últimos jirones de aquellos sueños, y temiendo el día en que acabasen.

Fueron muchas las veces que deseó que no llegase el amanecer, para poder quedarse eternamente en el único lugar donde se sentía en calma: enredada en sus sueños.

El sol siguió avanzando colina arriba, ajeno a sus deseos. Él no entendía demasiado de sueños. Se limitaba a cumplir su cometido. No se hacía preguntas. Solo hacía lo que todo el mundo esperaba: volver a amanecer. Más temprano durante el verano; algo después cuando el frío invierno reinaba. Unas veces radiante y otras sin embargo apenas visible, pero acudiendo cada día, obediente y en silencio.

Cada uno de esos sueños formaron parte de su vida. O tal vez fueron una vida entera en sí mismos. Ella solo sabía que cada noche volvía a tejerlos. Y cada uno de ellos certificaba una vida que podría haber sido. En cualquier caso aquellos sueños no eran solo imaginación, no eran espejismos, también fueron vivencias reales. Todos y cada uno.

La luz, finalmente, atravesó la ventana, acariciando con delicadeza su piel desnuda, como un amante atento, para que despertase al nuevo día. Abrió los ojos resignándose a seguir en la realidad hasta que anocheciese de nuevo. Era un privilegio esa capacidad suya de soñar, así que volvería a hacerlo mientras fuese posible.

Sabía también que en algún momento, acabarían. Que un día no habría más.
Y un día, no volvieron, pero fue hermoso haber tenido aquellos sueños. Quinientos ocho, para ser exactos.

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